En esto de la educación parece que cuando hay fracaso o
dificultades, es más fácil buscar culpables que soluciones. Escuchamos a los
principales agentes educativos quejarse y echar la culpa de todos los males a
la otra parte: los padres a los profesores, los profesores a la administración,
la administración a los profesores, los profesores a los padres, los padres a
la administración… y así hasta el infinito. Seguro que todas las partes tienen
razón. De hecho, hace tiempo apareció en prensa un artículo cuyo autor
lamentamos no recordar, pero que decía algo así como que la situación de
educación que reciben los estudiantes de nuestro país es responsabilidad de la
sociedad entera. Nuestros jóvenes, sus fortalezas y sus carencias, la manera en
la que estudian o no estudian, las excusas que utilizan, son reflejo de la
sociedad en la que viven. Todos tenemos que implicarnos en ella o fracasará.
Para educar a un niño hace falta la tribu entera, reza el proverbio.
Algunos compañeros docentes, a propósito de este blog que
escribimos, expresan su disgusto porque creen que les desprestigia —todavía
más— que se nos sugieran nuevas ideas, cosas que podemos hacer en sus aulas.
Dicen que es admitir que lo estamos haciendo mal, que es cierto que somos unos
vagos y que, por eso, la educación
fracasa. Nada más lejos de nuestra intención.
Somos héroes
todos los que sobrevivimos al primer curso como docentes, de igual modo que lo
somos los padres que sobrevivimos al primer año de vida de nuestros hijos. Y,
luego, vienen todos los demás… La única ventaja que tienen los años posteriores
es que ya no los tenemos esa idea romántica de la enseñanza o de la paternidad,
pero pueden presentar más dificultades que el primero en muchos aspectos y
también los vamos superando.
Ello no significa que todo lo hagamos bien, que no podamos
aprender, que no nos tengamos que fijar en los nuevos descubrimientos
científicos o pedagógicos para adaptar nuestra manera de enseñar. Todo lo
contrario.
Profesores y padres, fijémonos bien en nuestras fortalezas y
en nuestras debilidades; observemos conscientemente cuáles de nuestras
actuaciones diarias funcionan con nuestros hijos, cómo les hemos enseñado a
hacer eso que funciona tan bien en casa o en el aula y, a ser posible, compartamos
para que otros se puedan beneficiar también; veamos qué nos funciona con
algunos estudiantes y con otros no; reflexionemos sobre aquello que podemos
mejorar, o aquellas cuestiones sobre las que nos podemos informar y probar.
Se trata de trabajar
mejor, no de trabajar más. Asumir
nuestra parcela de responsabilidad y trabajar en ella con ganas. Y, por
supuesto, exigir a nuestros estudiantes que aprendan a responsabilizarse ellos.
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