domingo, 12 de abril de 2015

¿CULPABLES, INOCENTES O RESPONSABLES?

En esto de la educación parece que cuando hay fracaso o dificultades, es más fácil buscar culpables que soluciones. Escuchamos a los principales agentes educativos quejarse y echar la culpa de todos los males a la otra parte: los padres a los profesores, los profesores a la administración, la administración a los profesores, los profesores a los padres, los padres a la administración… y así hasta el infinito. Seguro que todas las partes tienen razón. De hecho, hace tiempo apareció en prensa un artículo cuyo autor lamentamos no recordar, pero que decía algo así como que la situación de educación que reciben los estudiantes de nuestro país es responsabilidad de la sociedad entera. Nuestros jóvenes, sus fortalezas y sus carencias, la manera en la que estudian o no estudian, las excusas que utilizan, son reflejo de la sociedad en la que viven. Todos tenemos que implicarnos en ella o fracasará. Para educar a un niño hace falta la tribu entera, reza el proverbio.
Algunos compañeros docentes, a propósito de este blog que escribimos, expresan su disgusto porque creen que les desprestigia —todavía más— que se nos sugieran nuevas ideas, cosas que podemos hacer en sus aulas. Dicen que es admitir que lo estamos haciendo mal, que es cierto que somos unos vagos  y que, por eso, la educación fracasa. Nada más lejos de nuestra intención.
Somos héroes todos los que sobrevivimos al primer curso como docentes, de igual modo que lo somos los padres que sobrevivimos al primer año de vida de nuestros hijos. Y, luego, vienen todos los demás… La única ventaja que tienen los años posteriores es que ya no los tenemos esa idea romántica de la enseñanza o de la paternidad, pero pueden presentar más dificultades que el primero en muchos aspectos y también los vamos superando.
Ello no significa que todo lo hagamos bien, que no podamos aprender, que no nos tengamos que fijar en los nuevos descubrimientos científicos o pedagógicos para adaptar nuestra manera de enseñar. Todo lo contrario.
Profesores y padres, fijémonos bien en nuestras fortalezas y en nuestras debilidades; observemos conscientemente cuáles de nuestras actuaciones diarias funcionan con nuestros hijos, cómo les hemos enseñado a hacer eso que funciona tan bien en casa o en el aula y, a ser posible, compartamos para que otros se puedan beneficiar también; veamos qué nos funciona con algunos estudiantes y con otros no; reflexionemos sobre aquello que podemos mejorar, o aquellas cuestiones sobre las que nos podemos informar y probar.

Se trata de trabajar mejor,  no de trabajar más. Asumir nuestra parcela de responsabilidad y trabajar en ella con ganas. Y, por supuesto, exigir a nuestros estudiantes que aprendan a responsabilizarse ellos.

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